Cortos, No-Ficción, Vómito Verbal

Quién es Cris Miró” le pregunté a mi abuelo cuando tenía unos siete años. “Es un travesti,” me dijo él.

Esa fue una de las tantas veces que los medios mataban injusta y falsamente a Cris Miró. Ella moriría tres años después, pero leer ese simple artículo en la revista Noticias que hablaba de su supuesta muerte fue una introducción para mi de dos temas: la transexualidad, y la muerte.

Desde esa temprana edad entendí el concepto de muerte. Tu cuerpo se apaga, dejas de respirar, tu corazón ya no bombea sangre, el cerebro deja de recibir oxígeno, los organismos que viven en tu cuerpo siguen funcionando en sus colonias durante un tiempo, y luego se termina. Y por mas terrible y temible que suene eso, la muerte es una de las poca certezas que tenemos como seres vivos. Nacemos, vivimos y morimos.

Hace unos meses leí un artículo sobre la edad en la que realmente empezamos a envejecer de forma negativa, es decir, morir. Es casi romántico suponer que comenzamos a morir el mismo día que nacemos, pero en realidad lo hacemos a partir de los 25 años aproximadamente, simplemente porque nuestro cuerpo tarda más en “reponer” aquellas células que mueren.

La realidad es que, a pesar de que la muerte siempre es parte de nuestra vida (células, ese cactus que regaste demasiado, mascotas de la infancia, celebridades, parientes…), muchas personas aún se rehusa a la idea de compartir el día a día con ella.

La muerte es aleatoria, le toca a quien le toca, y eso siempre lo tuve en claro. Aún cuando tenía siete años y a penas podía escribir mi nombre.

No es nada personal en contra de uno. Muchas veces, cuando alguien que queremos muere, solemos tomarlo como algo hecho directamente hacia nosotros. ¿Qué clase de Dios puede permitir que YO sufra con la muerte de otra persona? ¿Por qué se va la gente que YO considero buena, habiendo tantos hijos de puta dando vuelta? Podría seguir todo el día y la noche, pero mi punto es: no es personal con uno, sino con quien se va.

La muerte es injusta, nos recuerda que mucha veces dejamos de pasar tiempo con quien queremos por terminar un trabajo, estudiar, o cuidar de alguien que creemos que se va a ir antes. Nos recuerda de nuestra propia mortalidad, de como la vida en un respiro se va y comienzan todas las ceremonias protocolares: velatorios, entierros, saludos, visitas de gente que te cae bien pero resulta inoportuna porque realmente necesitas estar solo para lamer tus heridas. Nos recuerda de la mortalidad de nuestros pares, y hace que nos cuestionemos sobre la existencia de todo aquellos en lo que creemos.

En sí misma, la muerte es algo natural. Puede tomar años, o segundos. La muerte e algo a lo que no le tengo miedo: acepté mi propia mortalidad antes de cumplir los 10 años. Entendí que toda vida tiene un comienzo y un fin, y me acato a sus reglas.

En realidad nos asusta la falta de ese ser. Me aterra y persigue todos los días no escuchar su voz, ver sus ojos, su nariz, la sonrisa amplia o recibir sus cadenas y mensajes de textos cursi. Su positivismo que aceptaba sin ningún tipo de cinismo y su humor del que tanto renegaba. Es la falta de calidez, la falta de presencia, lo que realmente duele.

Aunque tolere la idea de que un día la “fábrica” que es mi cuerpo, deje de funcionar, no me rehuso a pensar en los que dejo aquí. Es que, a menos que aquello que realmente temamos sea la literal muerte de un ser amado, lo que realmente nos asusta son las ausencias.

Y es a las ausencias y esa tristeza casi crónica que toma lugar de vez en cuando, es a lo que, a mi criterio, tendremos que acostumbrarnos.

Suena trillado y hasta frío decir frases como “siempre estará en mi corazón,” o “lo recordaremos por siempre.” Es que aquella persona que muere se queda mas allá de tu cerebro o corazón: se instala por siempre en tus sentidos. Es una foto en sepia. Transforma a aquel ser en un latido letárgico que se suspende por siempre y toma cuerpo en un aroma, una risa, o un sueño.

Y si eso no hace de la muerte algo nostálgico y mínimamente aceptable, entonces no sé.

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Aside

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